La tarde del 4 de agosto, Beirut fue testigo de una explosión sin precedentes que desangró gran parte de la capital. Sin duda, la explosión causó que muchos de los residentes de la ciudad y no en menor medida la diáspora libanesa en el mundo, recordarán las llamas de su notoria guerra civil que duró desde 1975 hasta 1990, la consecuente invasión de Israel y el nacimiento del Hezbollah en su curso. La lamentable cadena de sucesos ha dejado 137 fallecidos y más de 5.000 heridos. Sumado a más de 300.000 personas sin hogar y que le costará al Líbano en bancarrota más de $5 mil millones en los próximos años. Quizás en las reinantes circunstancias es que algunas personas inicialmente confundieron la explosión con un enorme terremoto. Sin embargo, las miles de familias que pasaron la noche en las calles y las decenas que no podrán volver a ellas fueron el resultado de una larga serie de negligencias humanas. 

Foto: AlJazeera

Su importante diáspora en las Américas nos recuerda la identidad de Beirut está entrelazada con su valioso puerto. Sin duda, este puerto ha sido la puerta de entrada de una de las ciudades más cosmopolitas de la región y el punto de entrada a la región del Levante en general. La actual capital se desarrolló al alero de su creciente puerto a principios del siglo XIX, cuando la ciudad se transformó en un importante centro comercial con Egipto y Europa. En 1888, bajo el Imperio Otomano, el puerto se amplió y la ciudad se convirtió en la capital de su propia Wilaya otomana, o unidad autónoma. De ahí que, Beirut adquirió su identidad cosmopolita, entendida contemporáneamente como sectarismo (una conceptualización académica, nunca peyorativa), siendo una de sus mayores fortalezas en la crisis democrática que hoy atraviesa el país. 
Muchos han comparado las imágenes de la explosión con Nagasaki e Hiroshima en Japón durante la segunda guerra mundial. Sin embargo, la analogía no termina ahí, el Líbano enfrenta desde hace más de un año la crisis más existencial de su historia contemporánea. El sistema político ha perdido todo rastro de representatividad, el modelo económico está colapsado, y la destrucción masiva de riqueza que está ocurriendo como resultado de la incompetencia del gobierno actual y la falta de voluntad de los políticos libaneses para colocar los intereses del país por encima de los suyos ha acabado con la mitad de toda la clase media del Líbano. Clase media que ha sido el pilar de su cosmopolita identidad, su prosperidad e innovación. Asimismo, la impulsora de una riqueza cultural que colocaba a la ciudad a la par con el Cairo, Estambul y París, característica que está siendo restringida en las últimas décadas.
Al igual que muchos de los acontecimientos actuales en el país, dejan más preguntas que respuestas a sus ciudadanos. Los libaneses se preguntan ¿por qué nadie ha reclamado este valioso pero huérfano cargamento? ¿Por qué un cargamento confiscado queda estacionado en el Hangar 12 del puerto de Beirut? Como los sucesivos gobiernos pasaron por alto los informes de funcionarios portuarios que alertaban sobre la peligrosidad de dicho material. Esto ha hecho que los libaneses se pregunten: ¿es posible que grupos políticos con intereses creados impidieron la remoción de un arsenal de explosivos? ¿O fue pura y desastrosa negligencia en un sistema que se ha acostumbrado tanto a tomar atajos y responsabilizar a otras personas?
Otros recordaban otra explosión que generó un incendio político hace menos de 15 años atrás, que fue el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri en febrero de 2005. Previendo las consecuencias geopolíticas de un país geográficamente, pero geopolíticamente estratégico, llevó a varias potencias internacionales y regionales a ofrecer asistencia, incluidos los Estados Unidos, Irak, Qatar, Kuwait, Turquía y varios estados de la Unión Europea, particularmente fue Francia quien visitó la devastación de la zona, ofrecieron ayuda cuando sus líderes y altos funcionarios se pusieron en contacto con sus homólogos libaneses.
Por otro lado, a lo largo del país y con mayor visibilidad desde el 17 de octubre de 2019, el país ha estado cayendo en una situación de incertidumbre luego de rondas de protestas pidiendo a la élite gobernante que renuncie por su participación en delitos y corrupción. Bajo la apariencia de un poder compartido comunal, el liderazgo político del Líbano y sus lazos con la élite empresarial han sido acusados de saquear colectivamente el país y sus principales instituciones, dejando instituciones gubernamentales debilitadas, y un estado en plena bancarrota. 
Liderados por el hartazgo del sectarismo político los ciudadanos se han unido, quizás como nunca antes, frente a la pérdida total confianza en sus líderes de las comunidades sectarias que en un momento u otro se han alineado con potencias extranjeras, a menudo para buscar ventajas internas. Al jugar con las diferencias y los temores sectarios, se proponían aumentar su propio poder sobre sus comunidades, devorando la cultura pluralista del Líbano al sancionar a quienes disienten de su gobierno. Más allá de eso, con frecuencia tomaron la ruta populista al desafiar la cultura abierta de Beirut y restringir la libertad de expresión con el pretexto de proteger a sus comunidades. Sin duda, la configuración de la arena política post-guerra civil generó que los líderes políticos dividieron el estado entre ellos y mantuvieron un status quo en el que todos resultaban ganadores, enriqueciéndose y a su vez empobrecieron a los libaneses.
En suma, nadie querrá responsabilizarse de la devastación que sufrió la ciudad. Sin importar si con el pasar de los años alguna de las innumerables comisiones de investigación que circulan el país, lleva a corroborar algunas de las teorías que insisten en circulan por los medio de comunicación. En cuanto a los políticos del Líbano, su negligencia criminal es evidente para todos.
Será en definitiva los ciudadanos empoderados quien en definitiva decidirán si el impacto de la explosión podría tener el peso de una guerra civil que no se libró o la nueva oportunidad del Líbano de intentar un nuevo contrato sociopolítico. Quiénes desde hace más de un año han logrado establecer redes que abarcan comunidades sectarias, pidiendo el fin de este régimen político y buscando establecer un estado cívico que los reconozca como individuos en lugar de simplemente como miembros de una comunidad. No buscan eliminar sus diferencias, sino elevar las identidades plurales del Líbano y su posición en la encrucijada de culturas.
La estabilización del Líbano como una de las pocas democracias que más ha sobrevivido a los duros embates en la región, es fundamental. Para lograrlo, la comunidad internacional deberá comprometerse en establecer un fondo internacional emergencia internacional a las diversas ONGs locales y organización de libaneses en la diáspora, para abordar la crisis humanitaria del Líbano.
Acerca del Autor: Jorge Araneda es PhD. (std) Estudios Internacionales Universidad de Ankara YB especializado en Medio Oriente. Magíster en Historia en la Universidad de Chile. Su interés se centra en la inmigración de árabes y musulmanes a América Latina. Sus líneas de investigación se centran en la historia contemporánea de las áreas del Mashreq árabe islámico y levantino. 
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