Venir de una población con una etnia mayoritariamente homogénea. Que practica también en su mayoría e históricamente la misma religión, y que consecuentemente se rige por los mismos valores, morales y cultura. Estos son algunas de las constantes que desde nuestra realidad nos cuesta apreciar.  Constantes que damos por hechas. 

Para poner en perspectiva dicho “privilegio” y con el objetivo de utilizar el mismo para el mejoramiento de nuestras habilidad de legislar, podemos contrastar el ejemplo de un país a miles de kilómetros al Este con similar población y comparable historia reciente y geografía, el Líbano.  
Este diminuto país al igual que nosotros sangra historia y conflictos. Además de estar lidiando actualmente con protestas que lo han puesto en el foco de una potencial nueva primavera árabe. Protestas que son en respuesta a la corrupción, que por cierto es otra de las cosas en las que nos asimilamos. Además ellos también terminaron una guerra civil a principios de los 90. 
Dicha guerra fue impulsada por los conflictos demográficos causados por la migración de palestinos al territorio que se unió a la falta de representación de una creciente minoría musulmana ante la hegemonía de cristianos menonitas. Agregar que aunque compartimos poblaciones de alrededor de 6 millones de habitantes, el Líbano tiene que acoplar su población      en la mitad del espacio que El Salvador. La guerra fue una lucha por poder y representación entre facciones musulmanas y cristianas en uno de los países con mayor densidad poblacional del mundo y esto conllevó a al menos 40 mil muertos más en el mismo tiempo de guerra que El Salvador.  
La paz a su guerra civil en los principios de los 90 fue a su vez controversial; implicando cambios estructurales al gobierno libanés. Estos acordaron en una democracia parlamentaria regida por un marco confesionalista. Es decir, un sistema de gobierno que es una mezcla de religión y política. En práctica, según la Constitución para mantener balance de representación, el presidente que debe ser un cristiano maronita. El presidente junto al parlamento elige al primer ministro, que debe ser un musulmán suní. Y el portavoz de la cámara, que debe ser un musulmán chií. Además la mitad de los puestos del parlamento están reservados para candidatos cristianos. Pasar legislaciones y el balance de poder para este gobierno es entonces un auténtico caos. Además de los universales problemas partidarios de ideología los debates se deben acoger de la historia y la religión para llegar a acuerdos comunes.  
Nada de esto existe, se acerca, o se asemeja a la realidad salvadoreña y aquí es dónde esa homogeneidad brilla y se hace apreciar. Que este ejemplo, en sí, no signifique un impulso concreto a la productividad y efectividad de los 84 diputados en la Asamblea Legislativa Salvadoreña y al órgano ejecutivo del estado, si significa una ventaja estratégica relativa que debería de sumarse al debate de la inefectividad del estado. Sería algo en que pensar a la hora de legislar por pensiones, amnistía, y recursos del agua. Algo para desempolvar a la hora de rendir cuentas por rendimiento y talvez motivación ante tan patético desempeño.

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